Sigo una coherencia personal y musical. No intencionalmente.
Eso es lo emocionante, que suceda naturalmente y me sorprenda. Hoy puedo
distinguir un proceso de maduración a través de la música. El mío, el de una
sociedad, el del mismo músico.
Empecé por escuchar a Fito, pero tardé en descubrir la pasión que me despierta la música. En el 99, con 11 años pedía mi primer
cd: “Abre”. Hoy me doy cuenta que poco podía entender y sentir de esas
canciones en aquel momento. Pero, a pesar de eso, me llegaba mucho la música y
la forma de expresar las cosas que tenía Páez en sus temas. Recién en el 2003,
con 15 años, pido “Naturaleza Sangre” y empiezo a hacerme cargo de una
identificación y fanatismo que iba en aumento. Sentí la necesidad de ir
completando la discografía de Fito, y así investigar de dónde, por qué, para
quién…tanta música.
Tiempo más tarde Cielo Razzo era la banda con la que me
identificaba y podía hablar a la par de mis compañeros de colegio (si no
escuchabas rock no estabas en la onda, o quizás hasta era motivo de burla). Un
rock sano, no tan puro (“el estilo del no estilo” definía su cantante, Pablo Pino), que se venía gestando en
Rosario y comenzaba a tener repercusión en la Capital.
Rosario. La primera “coincidencia”, hoy diría “coherencia”,
que se daba: Fito y Cielo Razzo tenían la misma ciudad de origen.
Fiel a mi estilo de ser apasionado, me fanaticé por
ambos, y empecé a ir a verlos en vivo cada vez que pisaban Buenos Aires. Pero
después, de a poco, fui dejando que una música me lleve a la otra, y así
sucesivamente. Dejando los prejuicios de lado.
Así, por “hacerle caso” a Fito, empiezo a escuchar y
fanatizarme por la música de Charly. Ya recuperado de su peor momento de salud,
toca en un estadio y ahí estuve. Sintiendo que vivía algo histórico. Que estaba
viendo a uno de los más grandes músicos del mundo convocar y conmover a miles de
personas. Al mismo tiempo iba a ver bandas “under” a distintos bares y teatros,
descubriendo que ir a recitales me enriquecía y era, para mí, la plata mejor
gastada (inversión). Todo de un recital. La expresión del artista, el mensaje,
la recepción del público, el fanatismo, las distintas formas de vivir el
momento de todos, arriba o abajo del escenario. La carga histórica, las letras,
la música, la actualidad, la sociedad, nada menos; todo en un recital, show, evento
musical o como quiera llamarse. Una expresión cultural de lo más compleja al
alcance de mis sentidos.
En 2009 mi tío pone
en mis manos “quebrado” de Pedro Aznar. Ahí se me abre un abanico de música,
sin querer me sacudió la cabeza. Además de recorrer su discografía completa, me
lleva a escuchar a los Beatles, tan resistidos por mí a raíz de que los había escuchado toda mi infancia hasta el hartazgo por mi viejo. Gran cosa poder
compartir ahora eso con él. Largas charlas musicales, sentados en el living
de casa, escuchando temas de los dotados
ingleses. Lito Nebbia, Spinetta, música de Brasil, Cerati, y los que quedan por
descubrir. Aznar recomendará.
Las Pelotas es otra banda que descubro casi por casualidad.
Aunque cuando uno escucha a Germán Daffunchio contar la época de la dictadura, cuando
iban a ver a Serú Giran, entiende que hay un hilo ahí, que todo es influencia,
que más que casualidad, hay causalidad.
Hoy suena en mis parlantes Abel Pintos. Lo tenía escuchado
de hace muchos años. Pero me detengo en un programa de televisión. Lo escucho hablar y sentir la música igual que yo, pero "desde arriba del escenario". Me identifico con él. Compro un cd. Y otro. Y otro.
Así es que me doy cuenta que voy detrás del músico que siente lo que
canta, y escribe lo que siente. Tiene que haber pasión para un apasionado. Soy
amante de las letras. No me gusta la letra sin contenido, la letra comercial. Y
después la música que acompaña esas letras. La música como resultado de esa
conjunción.
De estos músicos puedo saber su vida a través de sus
canciones. No escribieron para vender. “Si te gusta bien, y sino mala suerte” como se dice. “…aquí en Argentina Charly hace
mucho ya escribió ‘yendo de la cama al living’, si querés escuchá y cantá y
sino bancatela…” dice Fito en ‘living in the city’. Parece una simple frase,
pero hay un mensaje claro de “acá hace rato que hay algo fuerte ahí, si no lo
ves, allá vos con tu ceguera”.
La coherencia de la que me propongo escribir esta en todos
ellos. En que se junten en escenarios. Haber vivido esos encuentros mágicos,
donde sus músicas conviven en perfecta armonía, y se potencian el uno al otro
en el abrazo de un publico que se sabe común a todos esos artistas.
Haber visto a Fito Páez y Charly García cantando abrazados, sentados al piano en el
escenario del Gran Rex. Haber visto a Charly invitar a Pedro Aznar al Luna Park para recordar viejas épocas de Serú Giran. A Pedro tocando con Abel Pintos himnos de la música nacional. A Abel cantando con León Gieco en el luna Park. Que hoy vaya a ver a Cielo Razzo y salga Abel a cantar unos temas rockeros con la banda, cuando cualquier inmaduro puede pensar que son el agua y el aceite.
No es casualidad.
No es casualidad.
Todos ellos idolatran a Gustavo Cerati, y al gran Luis Alberto
Spinetta, cantando sus canciones, provocando una atmósfera única y emocionante
hasta las lágrimas en cada "cover". No puede haber mejor homenaje para
semejantes autores de la cultura nacional. Gracias a eso es que también esos inmensos artistas forman parte de mi humilde colección musical.
Ahí esta la coherencia que hay en la música que acompaña mis días. Una coherencia que no busco, pero encuentro. Más allá de cualquier estilo, frontera, prejuicio, u opinión. Descubrir que la música esta mas allá de todo eso. Y cuánta música hay mas allá...
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