Ayer mataron a un lobo en la puerta de mi casa con la cabeza vencida sobre la acera soñada. Observaba la bodega donde peleaba y dormía, con la pupila vidriosa miraba pasar el día. Y los niños de su mundo hablaban en voz muy baja de su mirada. Para el resto de la tierra allí había un perro muerto, un perro que en unas horas estaría descompuesto. Había que limpiar la acera de aquella mancha oscura (para el resto de la tierra un perro muerto es basura). Pero los niños jugaban y volvían a su lado siempre callados.
Lobo, yo sí te recuerdo, echado al camino con el sol curandote el lomo deshecho de andar a la noche batallando con tus enemigos. Lobo, yo sí te recuerdo, yo también sabía dónde cómo y cuándo dormías tus sueños.
Para estos asuntos no he crecido mucho todavía...
