sábado, 10 de marzo de 2012

Una carta vieja...a un viejo amigo.

Jorge era un hombre de unos 70 y pico de años. Un hombre que siempre transmitía ternura, inquieto, laburador, amante de todos los animales y de las personas que fuesen autenticas con él (no le gustaba la mentira). Era un hombre que decía las cosas de frente, sin medir concecuencias, pero uno debía entenderlo por su falta de "tacto" por así decirlo...Mateábamos juntos y hablabamos de todo. Mis chicas,sus camiones, Boca, los caballos, etc. Me hacía reír mucho y se hacía querer de una manera impresionante.
Cómo olvidar aquellas caminatas rodeados de los fieles compañeros, sus perros. Íbamos a cerrar la tranquera cuando caía la tarde, a cortar leña, arriar vacas, o me ayudaba a agarrar los caballos.
Un hombre tan inteligente como impaciente. Tenía las manos castigadas por el tiempo y el trabajo de campo (pero no importaba porque la culpa siempre era de "las manos boludas"). Con esa panza que no le impedía doblarse en ángulo de 90° para juntar cosas del pasto y dedicarse a las flores, sus gorras gastadas para evitar el sol en los ojos, ese sí que transpiraba la camisa...
De a poco fueron cambiando los temas de charla entre nosotros. Fui creciendo y hablábamos de sus hazañas por Berra y otros pueblos que visitaba con su extrañado camión. La vida le fue quitando mas que darle cosas, y el se fue deteriorando en la pena que esto le producía. Del camión a ser peón, luego a no poder cumplir todas sus funciones, a no poder fumar sus Derby por recomendación medica (aunque no hacía mucho caso), a tener problemas en los ojos...el físico le pasaba factura. Sin embargo, dueño de un carácter fuerte, terco, salía a sentirse útil desobedeciendo las voces de los médicos. Pero él mismo se empezó a limitar, víctima del miedo por los dolores que lo aquejaban. Se dedicaba a cuidar el parque, las flores, y hacer pequeñas cosas que no exigieran un esfuerzo físico, ni que lo agitaran. Pero en poco tiempo ya ni eso podría hacer. Medicado y metido en su casa, se dejaba crecer el bigote, pesimista miraba pasar las horas y los días, y cómo se perdía su esencia. Generaba inquietud y lástima en los que vivíamos ese proceso desde afuera.
Se le piantaba un lagrimón cada vez que me veía en esos últimos tiempos. Nos dábamos un abrazo que demostraba el afecto que nos teníamos, y el tema de conversación era su incapacidad para hacer distintas cosas que antes formaban parte de su día a día. Yo le pedía que no bajara los brazos, le decía que quedaban muchas cosas por vivir, y que tenía gente que lo quería mucho. Pero se sentía un inútil en el ocaso de la vida, y contra eso no había nada que hacer.
Totalmente deprimido, estaba sumido en ese campo que caminó tantas veces en sus últimos años, cada vez más abandonado por nuestra familia. Encerrado, bajo techo, y dominado por ese carácter fuerte que lo caracterizaba, habrá ido madurando de a poco la decisión de dejar todo eso y pasar a otra cosa. Cuando se trataba de sus ideales, sus códigos, o sus formas, no era recomendable llevarle la contra (se enojaba de forma tal que con la mirada fulminaba a cualquiera). Aunque esto no fue algo que haya dado posibilidad a debate, lo guardó muy internamente para que nadie pudiera truncarle su drástico plan.
Y en un momento de soledad, después de escribir una carta de despedida, su deprimente estado lo llevó a pegarse un tiro en el medio del parque. Puedo imaginarlo deprimido, serio, pero muy emocionado a la vez, recorriendo mil imagenes en su cabeza antes de gatillar...

Querido amigo, entiendo el egoísmo en tu decisión de no esperar a que tu corazón diga "basta"...sentí algo de culpa por no haberte tenido en cuenta esos tiempos, por haber ignorado tu estado, y no haber ido a visitarte aquellos fines de semana. Igual sé que vos no tenés ningún tipo de resentimiento por eso. Fuiste y seguirás siendo, desde donde estés, una persona de oro.



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